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Foto de Alvaro Pandilla Bengoa

Por Paola Ugaz

Desde finales de la década del ochenta, el fundador del Sodalicio, Luis Fernando Figari, contó con un grupo de jóvenes a su servicio a quienes maltrató por años con la anuencia de los principales líderes sodálites. Ellos son testigos de cuán lejos estaba Figari de cultivar las enseñanzas que con mano férrea le exigía a la colectividad.

Tanto en San Isidro como en Santa Clara, Luis Fernando Figari gozaba del privilegio de tener una corte personal de jóvenes que le cocinaban, lo ayudaban en el aseo personal, la toma de medicinas, le ponían películas y maniobraban el control remoto a su pedido, le hacían masajes en el vientre, entre otras tareas.

Este grupo de jóvenes sodálites al servicio de Figari vivieron años de un régimen del terror donde además de atender al líder religioso debían lidiar con sus cambios de humor y agresividad física y verbal.

De acuerdo a los testimonios que ha recabado lamula.pe la cúpula del Sodalicio conocía del maltrato a los jóvenes, y los “animaba” diciendo que servían a un líder “bohemio”, eso sí, escogido por Dios y la virgen María, y que serían premiados en el más allá.

Tras la publicación del libro “Mitad Monjes, Mitad Soldados” (Planeta,2015), el superior general del Sodalicio, Alessandro Moroni, ordenó la creación de la Comisión de Etica, para la Justicia y la Reconciliación, que fue dirigida por Manuel Sánchez Palacios; entidad que señaló la existencia de los jóvenes al servicio de Figari.

En el Informe final de la Comisión señalan que el entonces superior general, Figari, “estableció condiciones de privilegio personal en su exclusivo beneficio; seleccionó un grupo de miembros del SCV para su servicio, quienes debían cuidar de su persona, cocinar sus alimentos “especiales”, atender sus pedidos a cualquier hora del día o de la noche, velar su sueño, ocuparse del lavado de su ropa, entre otros pedidos. Todos ellos debían priorizar la atención personal y la satisfacción material de Figari, aun a costa del tiempo y espacio que debieron destinar al discernimiento de su vocación y a su formación espiritual, todo ello con la complacencia de las autoridades del SCV”.

“El comportamiento del superior general, Luis Fernando Figari, estaba determinado básicamente por dar órdenes que no podían ser cuestionadas, el uso de un lenguaje vulgar y soez, el ejercicio de una dinámica independiente de la comunidad, el control de todas las actividades al interior de la institución y de la vida personal de sus miembros. Asimismo, se evidencia que los integrantes de la cúpula que entonces acompañaba a Luis Fernando Figari, con su silencio obsecuente, aprobaban esa conducta, pese a revelarse contraria al más elemental propósito de vida cristiana”, añade la comisión.

 Encubrimiento de las autoridades sodálites a Figari

 Según el informe final de la Comisión: “Luis Fernando Figari exigía para él un tratamiento privilegiado en horarios, comidas, bebidas y atenciones, discordantes con la austeridad exigida a los formandos y el desapego a los bienes perecederos y el ejercicio de la Comunicación de bienes” establecidos en sus Constituciones. Una vez más se evidencia el silencio cómplice de quienes compartieron la cúpula de poder con Luis Fernando Figari en todos sus niveles. Pese a la notoriedad de dichas conductas, no las censuraron, ni las impidieron. No respondieron al delicado encargo de formar a los jóvenes que depositaron su confianza y anhelos en el SCV y que vieron finalmente frustradas sus expectativas de una vida plena en la fe cristiana”.

Al parecer, miembros de la cúpula del Sodalicio siguen sin reconocer la existencia de los jóvenes al servicio de Figari, por ejemplo, el dirigente sodálite Jaime Baertl Gómez quien recientemente declaró ante la Fiscalía de Perú: “Yo no conozco que el denunciado Figari haya tenido sirvientes”.

 Denme 1.000 sodálites y cambiaremos al mundo”

 Con frases como esa, Figari encandilaba a los jóvenes que se acercaban al Sodalicio, quienes luego de ser escogidos por él, quienes luego de pasar varios exámenes de fidelidad eran escogidos por el líder religioso para servirlo.

Tanto en la casa familiar de Figari en la calle “La pinta” 130 en San Isidro y en Santa Clara, los jóvenes que trabajaban para Figari se chocaban contra la dura realidad de servir a un hombre irascible, caprichoso y que estaba muy lejos de los manuales que habían aprendido a ser parte de la organización.

El malestar de los jóvenes se hizo notorio y por esa razón, el dirigente sodálite Eduardo Regal hizo circular una carta (VER AQUÍ) en el que los conminaban a obedecer sin dudar a Figari y trabajar con alegría junto a él. A los jóvenes se les hizo leer esta misiva de cuatro páginas más de 50 veces al día.

“Una de las bendiciones que nos ha concedido es la de vivir aquí, en San José, en Luis Fernando. Pero a veces, aunque parezca mentira, somos tan cortos de vista y con tal pobreza espiritual, que no somos capaces de tomar conciencia del don que significa vivir con quien el señor en su providencia “a llamado” (sic) a ser fundador del Sodalitium, al que con amor, todos nosotros pertenecemos, ya que también es El quien en su amoroso plan nos llama a cada uno a cooperar con Santa María, nuestra madre, en la misión de anunciar el Evangelio en las diversas realidades humanas”, refiere la carta escrita en 1993.

“A veces, digo, nos dejamos llevar por nuestra inconciencia dando paso con mucha facilidad, a las manifestaciones de nuestro hombre viejo, que en mezquinos sentimientos y vanos razonamientos, fruto de la escotosis, estrecha nuestro horizonte y cierra nuestros ojos a la acción del Espíritu, que va escribiendo la historia de nuestra reconciliación y de la humanidad toda, sirviéndose de manera muy especial de ciertos hijos de Santa María”, añade la carta.

Tengamos siempre la certeza de que al obedecer nunca nos equivocamos, es mas con seguridad sabemos que por la obediencia vamos creciendo en la alegría y en la espontaneidad de quienes se experimentan ganando la libertad poseída de los hijos de Dios”, agrega.

“No caigamos tampoco, en la trampa de descuidar la presencia del maligno y restarle importancia a sus certeros ataques. Sabemos –algunos de nosotros por propia experiencia- que como león rugiente, ronda acechando a Luis Fernando y a quienes están cerca de él, poniendo una y otra vez piedras de tropiezo en el peregrinar”, concluyó.

Madrugadas del horror

 En el último mes, La mula.pe entrevistó a Ramón, Kiko y Roberto quienes nos relataron coincidentemente cómo eran las noches en la casa de Santa Clara cuando Figari se sentaba a ver películas a partir de las 12.30 pm en el primero Betamax, luego VHS, y luego cable.

“Le gustaban las películas policiales, ciencia ficción y de historia. No le gustaba el género de terror y las comedias. Figari no cogía el control remoto, pero nos ordenaba que hacer con él. Se desparramaba en el mueble como un pachá”, relata Ramón.

También el líder sodálite les pedía que le hagan masajes en la barriga para hacer que se le vayan los gases. Sus turnos de visión de películas eran de 12.30 a 5.30 pm.

Pero Figari, no podía con su genio y más de una vez les decía a los jóvenes que bajen su mano con dirección a su órgano sexual, como una prueba para conocer si estaban dispuestos a ir más allá de los masajes.

En esas noches, Figari pedía comida, líquidos que lo sacien, a la vez que le adelanten y le retrocedan la película. Si por algún motivo, ellos se quedaban dormidos, les tiraba lo primero que tenían a la mano diciéndoles: “hijos del diablo” y ordenándoles que se confiesen durante siete días seguidos por haber hecho pecar a Figari de ira.

“Se pasaba horas viendo películas de todo tipo, no se le veía teniendo horarios de oración, era muy denigrante en su trato con los demás, insultaba, oprimía psicológicamente a la gente, rompía en ataques de ira que se resumían en la pregunta; “¿por qué las cosas no son como yo quiero que sean?”.

Si bien Figari era una persona emocionalmente inestable y caprichosa, vivía rodeado de gente que se sentía satisfecha de atenderlo y de justificar sus impertinencias una y otra vez.

Entre sus frases favoritas se encontraban: “¿Qué estas haciendo, te estas masturbando psicológicamente? Ó “Que barbaridad, tu comportamiento es denigrante como si estuvieras fornicando con el diablo”.

Obediencia irracional

 El líder religioso era muy hábil en el juego verbal y hacerles creer a sus seguidores que no había ninguna línea que separara lo moral de lo inmoral y que todo puede ser interpretado según el cristal con el que se mire, como por ejemplo, les dijo un día: “¿creen qué es inmoral poner el falo encima de la mesa?. El mal solo esta en sus ojos.

¿Solo será inmoral si se miran con morbo el hecho, a ver quien se atreve a poner su falo encima de esta mesa?, señaló Figari con una sonrisa de medio lado.

De inmediato, Ignacio Blanco –con quien vive en Roma en la actualidad- se bajo el pantalón y puso su órgano encima de la mesa; hecho que fue aplaudido a rabiar por Figari.

 Fobia al color rojo

 Tras la salida del sacerdote sodálite, Alberto Gazzo de la institución religiosa, Figari entro en una depresión muy grande que causó –entre otros efectos- que desarrolle un miedo irracional a contraer el sida lo que devino en una fobia al color rojo de la sangre y tener contacto con objetos punzocortantes.

El entorno de jóvenes que lo rodeaba se cuidaba de no tener nada de color rojo, al tiempo que en la cocina se les ordenó a quienes le preparaban la comida “se alcoholicen”; es decir, se bañen en alcohol para que no tenga comida contaminada.

En esos tiempos de miedos irracionales, Figari decidió no viajar fuera del país de 1993 a 1997, porque según le comunicó a su entorno “tenía miedo de subirse al avión y adquirir enfermedades infecto-contagiosas”.

Figari contaba con un equipo de médicos a su cuidado y cada día tomaba ansiolíticos como “Xanax”; y medicinas para combatir la diabetes, la hemorroides y los males estomacales.

 Problema de salud

 La renuncia de Figari en diciembre de 2010 a ser Superior General fue presentada ante los miembros del Sodalicio como si fuera un problema de salud pero para los jóvenes que estaban cerca de Figari, eso era falso.

“Nosotros sabíamos que algo malo había pasado y que tenía que ver con él. No le preocupaba que se haya descubierto que German Doig tenía denuncias de abuso sexual, solo preguntaba si alguien lo había mencionado en alguna denuncia”, señaló Ramón.

“Encontré entre los papeles de Figari, el título “Hiroshima y Nagasaki”, resalta Ramón, hecho que fue comparado por Figari como las revelaciones de German Doig sobre sus denuncias de abuso sexual y las que aparecieron sobre él en los primeros meses del 2011. Es decir, Hiroshima era Doig y Nagasaki, era él.

El hecho de que se conozca que era un abusador sexual lo tenía obsesionado por eso se encerraba en su escritorio por horas con un Código penal peruano de la década del setenta.

En los últimos días como Superior General, Figari repetía una y otra vez la frase “el estado de necesidad”, término que se acuño y se hizo conocido entre los jóvenes que rodeaban al líder fundador como la ayuda “desinteresada” que se debía proporcionar a los líderes religiosos que quisieran satisfacer sus deseos homosexuales, según les explicó en una de esas madrugadas que acompañaban con películas y abultada alimentación.

Revisando el código penal y repitiendo que estaba mal en el concepto “estado de necesidad”; así paso Figari de respetado líder fundador del Sodalicio al líder investigado por pederastía y abusos sexuales, físicos y verbales.