Uno de los tantos libros que leí en estos cinco años y pico dedicados -junto a mi amiga y colega Paola Ugaz- a tratar de descubrir lo que se ocultaba y a entender al Sodalitium Christianae Vitae y a su fundador fue: Karadima, el Señor de los Infiernos, de la periodista chilena María Olivia Mönckeberg.

En este, que es la primera publicación en abordar el caso del sacerdote pederasta Fernando Karadima, la Premio Nacional de Periodismo 2009 conversa con un psiquiatra a propósito de las estrategias de manipulación del cura depredador sexual, quien, dicho sea de paso, tuvo por lo menos un par de encuentros en Santiago de Chile con el entonces superior general y fundador del Sodalitium, Luis Fernando Figari, y su actual sucesor, Alessandro Moroni.

 

El médico psiquiatra chileno de origen alemán se llama Niels Biedermann Dommasch. Biedermann nació en Hamburgo y tiene un doctorado de la Universidad de Heidelberg. Actualmente es profesor asociado de la Universidad de Chile.

 

Bueno. En el capítulo que les comento, Mönckeberg le pide que ahonde en el significado de la perversión que rodea el caso Karadima. “Cuando actos que merecen el repudio generalizado se muestran ligados a personajes de los que jamás hubiéramos pensado algo así, porque se ubican literalmente por encima de toda sospecha, surge fuertemente la sensación de estar en presencia de algo perverso, con todas sus connotaciones de tergiversación, ocultamiento, degradación y destrucción”, señala el médico.

 

Traigo el tema a colación por obvias razones que ya adivinarán. El paralelismo entre Figari y Karadima es inevitable, pues como con el chileno, la reacción suscitada al conocerse las denuncias contra el fundador del Sodalitium causaron sorpresa, duda, y finalmente indignación. Sus adeptos más fanáticos lo contemplaban como un semidiós, como un santo en vida, como alguien que proyectaba algo más que respeto y admiración. Pero eso cambió.

 

Hoy por hoy, luego de ocho meses de conocerse la investigación periodística Mitadmonjes, mitad soldados (Planeta 2015), creo que queda claro que si algo representa Figari es el mal, la vileza, la crueldad, la abyección, la inmoralidad. Debido a que su doble vida: la oficial, por un lado, y la oscura y escondida, por otra, ha sido descubierta parcialmente. Lamentablemente, y esto es algo que no terminan de comprender la mayoría de autoridades del Sodalicio, la perversión de Figari hizo que otros terminaran formando parte de su círculo de depravación. Y, ojo, siendo cómplices y encubridores.

 

En opinión del psiquiatra chileno, “los pedófilos más exitosos logran investirse de alguna función que les otorgue un rango de autoridad sobre sus víctimas y les permita un grado de inmunidad dentro de su ámbito social”.

 

Y dice algo más que no debe descartarse al plantearse la hipótesis de que, cuando Luis Fernando Figari creó al Sodalitium, independientemente de sus objetivos cristianos, también pudo haber incluido inconscientemente otros propósitos no tan santos. “Su vocación y carrera incluso pueden haber sido motivadas en forma semiconsciente por la fuerza de su pulsión sexual”, anota Biedermann.

 

En este sentido, añade que “los campos profesionales que se prestan sobre todo (para la finalidad de un depredador sexual) son los religiosos, docentes, deportivos y los de la salud. Desde esa posición, el pedófilo puede tergiversar frente a su comunidad todas las huellas que han dejado sus actos perversos, dando lugar a la percepción de un abnegado compromiso social, en especial con la juventud. En ese momento, el pedófilo ha extendido la mistificación a la comunidad en que se mueve. Pero para lograrlo no ha recurrido a la capacidad de convencer, sino a la seducción”.

 

Niels Biedermann explica que “la acción del perverso sobre su comunidad consiste en atraerla hacia sí y seducirla. El seducido, a su vez, cuando despierta de la fascinación inducida por el seductor, descubre el elemento de engaño en que ha caído”.

 

Paso a paso –continúa el doctor Biedermann-, “el perverso infiltra con esta táctica elementos de perversión en su comunidad. No ha sido su guía como ellos creían; los ha manipulado. No han estado compartiendo mano a mano un objetivo común; han sido utilizados para sus fines”.

 

Señala asimismo que “a sus seguidores se les plantea el dilema de que si reconocen la realidad deberían aceptar que no notaron el elemento de falsedad inherente a sus gestos, actitudes y palabras, lo dejaron actuar impunemente. Sin querer se han transformado en sus cómplices. Esto vale tanto para los miembros de una comunidad de la Iglesia que ha cobijado a un pedófilo en su interior –o han sido guiados por él- (…) al develarse la pedofilia de su líder, hasta entonces negada colectivamente”.

 

“Poco a poco, los bienintencionados seguidores del perverso descubren que han estado al servicio de su lado oscuro, cuya existencia creían ignorar (…) En cierta forma, a los seducidos de la comunidad les comienza a pasar algo parecido que a los seducidos sexualmente, entran en un estado de confusión”.

 

Biedermann menciona en esta conversación con la periodista Mönckeberg al psiquiatra argentino Reynaldo Perrone, quien llama a la respuesta que el pedófilo induce en su víctima “el hechizo”, obviamente debido a la fuerza hipnótica que ejerce sobre el abusado.

 

“El perverso en funciones de liderazgo también logra esparcir parte de este ‘hechizo’ sobre su comunidad. La cautiva y en esto reside la contaminación, porque las huellas del lado oscuro, aun las más sutiles, siempre han estado ahí. Esto transforma la descontaminación en un proceso largo y difícil, de profunda revisión de múltiples aspectos, de diferenciación entre la falsedad y la realidad, progresivo distanciamiento entre las emociones generadas por la seducción en que se ha caído, y de aceptación del duelo que provoca la pérdida de todo un mundo en que se había creído”.

 

-¿Cómo defines al perverso?- inquiere la periodista.

-Perverso se llama, en el sentido clásico, al que pervierte valores, los tuerce, los va torciendo siempre un poco. Eso lo hace paso a paso.

 

“Posteriormente –agrega Biedermann- los estudios sobre la perversión han ido centrando su atención de manera progresiva en el tipo de relación que establece el perverso y su víctima. Esta consiste básicamente en una relación de consumo y destrucción. Al perverso no le importa el bienestar y el sentido futuro de esa persona, le importa satisfacer su deseo e incluso puede desarrollar una íntima satisfacción en degradar a la persona que desea”.

 


 

(*) El autor de este texto, junto a cuatro exsodálites, ha denunciado penalmente a Luis Fernando Figari, y a siete personas más, por asociación ilícita, secuestro y lesiones graves.