Los abusos del Sodalicio (parte VIII) – versión ampliada


 

Pepeadas divinas.- Una de las tantas secuelas que imprime el Sodalicio de Vida Cristiana a los adeptos que intentan dejar la organización es el daño psicológico, como consecuencia de los abusos físicos, los maltratos y humillaciones, que fueron institucionalizados a lo largo de casi cuarenta años y fueron ejecutados sin un ápice de piedad. Pero si algo marca duramente al exsodálite recién salido de la institución es su incapacidad para reinsertarse al mundo real.

Pedro Salinas y Paola Ugaz

Desde los tiempos aurorales, una costumbre que se estableció en el Sodalicio fue la práctica de captar a jóvenes en edad escolar y en etapa de formación. A estos chicos se les ofrecía, a través de dinámicas de grupo y ejercicios de introspección, ideales, motivos de rebelión, espacios de amistad, y valores atractivos.

En estas primeras aproximaciones, que se concretaban a través de “grupos de perseverancia”, el animador de estas camarillas juveniles, que no era, en ningún caso, un psicólogo titulado, practicaba individualmente a cada uno de los potenciales adherentes tests y evaluaciones psicológicas a jóvenes menores de edad y sin el consentimiento de sus padres, como lo ha señalado el exsodálite, Martín Scheuch en su blog (https://laslineastorcidas.wordpress.com).

Dicha praxis se fue sofisticando con los años y el procedimiento se fue instaurando como parte del sistema y de la ‘cultura manipuladora’ de esta asociación católica. Los primeros en seguir estos métodos, iniciados por el propio Luis Fernando Figari, fueron la mayoría de miembros de la denominada “generación fundacional”: Germán Doig Klinge (1957-2001), Jaime Baertl Gómez, Virgilio Levaggi Vega, Emilio Garreaud, José Ambrozic, Alfredo Garland Barrón, entre los principales. Todo esto bajo el presupuesto de que dichas “pruebas” eran consideradas parte del período de formación y “herramientas útiles” para el ejercicio de la consejería espiritual.

José Humberto García, un exsodálite que ingresó al Sodalicio cuando no había alcanzado la mayoría de edad, cuenta: “Me hicieron sentir como alguien extraordinario y único, además de seleccionado para formar parte de un grupo de élite. Te dicen: ‘Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos’”.

Luego de un tiempo con ellos, cuando García se convirtió en un ferviente entusiasta de la institución, le deslizaron la oferta anhelada para la cual lo habían acondicionado: “José Humberto, creemos que tienes madera para ser sodálite”. Así las cosas, el joven García no lo dudó un segundo, e hizo su promesa de aspirante.

En el camino, como a la mayoría de sodálites, se le impartió una disciplina férrea, se le exigió una obediencia incondicional, se le requirió el rompimiento gradual con su núcleo familiar (“Tu familia está cagada”, le dijo su director espiritual), y de esa manera fueron anulando su voluntad, sometiéndolo plenamente a los designios de sus superiores y formadores.

El culto a la personalidad del fundador, otra de las modalidades características en el esquema sodálite, rindió efectos sobre García. “Para mí, Luis Fernando lo era todo. Lo admiraba. Cuando se me acercaba y decía mi nombre, temblaba de la emoción. Yo quería ser como él. Era mi ídolo. En ese momento consideraba más a Luis Fernando que al mismísimo Jesucristo”. Una vez, continúa el relato, en un grupo pequeño, Figari “pidió una linterna, y de inmediato apareció un sodálite que se la puso en la mano”. Figari, a quien se le atribuían poderes, acercó la linterna a sus ojos como un oftalmólogo y le dijo que era muy inteligente y que su mirada era su arma”. José Humberto García quedó encandilado, pues ese día su dios de vientre abultado le dijo que tenía que irse a vivir con él a la comunidad de San José, en Santa Clara, en el distrito de Ate.

A estas alturas, José Humberto ya era un soldado más. Pero era un soldado que quería estudiar. Y quería estudiar Psicología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. El superior regional del Sodalicio en ese instante era Germán McKenzie (quien, dicho sea de paso, luego fue expulsado de la organización por “faltas graves y reiterativas”, lo que en el lenguaje ambiguo sodálite puede significar cualquier cosa). Y McKenzie le dijo que no, que de ninguna manera. Que él iba a estudiar Educación Religiosa en un instituto pedagógico del Sodalitium llamado Instituto Nuestra Señora de la Reconciliación.

Poco antes de ingresar a vivir en una comunidad sodálite, José Humberto fue derivado por McKenzie al Centro de Orientación Vocacional, en donde trabajaban psicólogas de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación (la rama femenina del Sodalicio). Ahí le tomaron diversos exámenes. Entre ellos: La escala de Wechsler (para medir el cociente intelectual), el test de Rorschach (para evaluar la personalidad), y algunos caracterológicos, entre los que recuerda.

Pero hubo un incidente que lo marcó hasta la fecha, y lo trae a la memoria como algo muy negativo: Germán McKenzie lo derivó a uno de los psiquiatras adherentes al movimiento, cuando todavía tenía 17 años y era menor de edad y sin la consulta de sus padres. En dicha consulta, el psiquiatra adherente al Sodalitium le muestra un texto fotocopiado y de pronto le comienza a hacer preguntas de carácter sexual. “¿Te has imaginado teniendo relaciones sexuales con algún miembro de tu familia?”, le inquirió.

Según la versión de García, medio en broma le dijo que sí, supongo, alguna vez. Y en ese momento, el psiquiatra lee el libro fotocopiado que tenía sobre su mesa y le diagnostica Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Y le plantea otra cita, esta vez acompañado de sus padres.

“Y eso hice. Llamé a mis papás, y fuimos donde el médico. Entonces el psiquiatra les dijo que necesitaba ser medicado. Recuerdo que mi mamá se puso a llorar. Estuve medicado durante seis años. Al principio con Fluoxetina (indicado para el tratamiento de depresión), Clonazepam (se suele usar en combinación con otros medicamentos para controlar determinados tipos de convulsiones), Somno (para combatir el insomnio). Y a eso, luego le añadió Biperideno (contra el Parkinson), Rivotril (de propiedades ansiolíticas) y Prozac (para tratar el TOC y la depresión) y Resperidona (un antipsicótico utilizado frecuentemente contra la esquizofrenia).

“Hubo un momento en el cual una de las medicinas me producía intensos temblores en las manos. Mi boca paraba reseca, mi visión se nublaba, decía cosas irracionales, mis movimientos se volvieron lentos, y andaba así, adormilado, dopado. Al punto que hay semanas enteras que he olvidado por completo”, apostilla.

“Ha habido ocasiones en las que tenía exámenes finales, y luego no me acordaba si los había dado o no.Realmente hay momentos de mi vida de los que no recuerdo nada”, subraya. Rodrigo Mora, otro exsodálite, de la promoción de José Humberto, suscribe el relato de García. “Con José Humberto me tocó hacer dos años de aspirantado en la comunidad sodálite de Barranco. Luis Fernando le daba un trato especial, recuerdo. Pero lo que más tengo grabado de esa época es que José Humberto andaba medio ‘ahuevado’ (atontado) por las pastillas que se zampaba. Y así paraba gran parte del día. Totalmente ido. Lo tenían drogado”, apunta Rodrigo Mora.

Cuando ingresó a los “centros de formación”, se le prohibió explícitamente investigar sobre el diagnóstico dado por el psiquiatra. García desacató la orden y clandestinamente buscó información en internet, y para su sorpresa, no percibía que los síntomas encajaran con él.

No obstante, su consejero espiritual, el sacerdote sodálite Javier Alvarado le decía: “Acepta tu enfermedad, acepta que estás enfermo”. El Trastorno de Obsesión Compulsiva, dicho sea de paso, no es una enfermedad, sino una perturbación que suscita ansiedad y se caracteriza por pensamientos intrusivos y recurrentes, que a su vez generan aprensión y conductas repetitivas.

“Llegó un momento en el que me dijeron que ‘si no tomaba mis pastillas, era pecado’. Y yo obedecía todo lo que me mandaban porque confiaba absolutamente en mis superiores, porque a través de ellos se me revelaba, supuestamente, el Plan de Dios. Recuerdo que incluso confesaba las veces que no tomaba las pastillas en el sacramento de la penitencia, muchas veces porque no las podía comprar por falta de dinero”, indica García.

Al salir del Sodalitium, su madre lo llevó a una psicóloga para que lo examine. Y a García lo evaluaron con otra multitud de exámenes psicológicos. El diagnóstico de la psicóloga fue: el TOC nunca existió.

A manera de digresión, debemos añadir que en el sistema sodálite para tener bajo control a los adeptos, se les exigía a estos evaluaciones periódicas con psicólogos y psicólogas y psiquiatras vinculados a la organización. El psicólogo le entregaba, hacia el final de la ‘terapia’, el informe con su diagnóstico al “paciente”, pero este informe terminaba usualmente en manos de su superior, y en varios casos hasta en el Consejo Superior. “¡¿Qué hacía el encargado de temporalidades, encargado de la logística de la institución, con el informe personal de Fulano?! ¡¿Te imaginas?!”, relata indignado otro exsodálite que se largó precisamente por este tipo de prácticas.

Los informes luego terminaban en la denominada “Secretaría de Figari”, ubicada en la casa del fundador en Santa Clara, con el propósito de ser archivados y clasificados. En esa “Secretaría” estaban ordenados los dossiers que contenían las confidencias más reservadas y privadas de cada uno de los miembros que ingresó al Sodalitium. Estos eran sistematizados al mismo estilo de las oficinas de la Stasi alemana. Años más tarde, los files se mudaron a una casa enorme y lujosa en Surco, cuando el entonces superior general del SCV se trasladó a dicha vivienda. Figari accedía a estos expedientes con cierta frecuencia.

Pero volviendo a José Humberto. Actualmente padece de una fuerte depresión. Y está en terapia. “No he podido reinsertarme a la vida cotidiana, y menos a la laboral, pues no he podido conseguir un trabajo estable. La depresión no ayuda para nada. Y no he tenido solvencia económica por casi una década”.

 

Sobre Ricardo Treneman:

“En el año 2003, cuando vivía en la comunidad Nuestra Señora del Pilar, en Barranco, el sodálite Ricardo Treneman era mi mentor y alguien a quien yo consideraba mi amigo. Ricardo sabía de mi condición y del efecto que los fármacos me producían y me tenían como atontado. Debido a ello, tenía un horario especial y distinto al resto. Me acostaba un poco más temprano y me levantaba un poco más tarde que los demás. Y en las noches, cuando iba a dormir, Treneman pasaba por mi habitación para leerme sobre la vida de un santo. A Treneman muchos aspirantes lo consideraban como alguien que había alcanzado cierto grado de santidad. Bueno. Luego de leerme, me daba la bendición y me arropaba. En invierno, me envolvía en la frazada, colocando sus manos por debajo de mi cuerpo, enrollándome. Siempre interpreté ese gesto como algo paternal. Pero un día ocurrió una situación extraña. Una noche, Ricardo, como siempre, entró a mi habitación, me leyó la vida de un santo, me arropó, y al momento en el que me encontraba boca abajo, comenzó a tocarme las nalgas. Inmediatamente reaccioné y volteé a mirarlo, extrañado. Él solo atinó a reírse y se fue. Luego de eso, nunca más me volvió a visitar en las noches. Y a partir de entonces me trató como si esa noche no hubiese pasado nada. Ese evento lo anulé de mi memoria hasta que leí una nota en Caretas donde hablaban de posibles inconductas suyas en Brasil”.

 

TOMADO DE LA REPÚBLICA 9/5/2016