Mis públicas disculpas a los Comisionados del Sodalicio


Les dije de todo. Y lo hice desde este papel. Les restregué que la metodología que les había impuesto el Sodalitium estaba diseñada para que nada ocurra. En consecuencia, era inútil su labor. Por eso deslicé que no iban a conseguir ni jota. Al punto que vaticiné que los integrantes de la Comisión creada por el propio Sodalicio para investigar las atrocidades perpetradas por dicha institución iban a estar condicionados por los parámetros impuestos por la organización fundada por Luis Fernando Figari.

Y este escepticismo lo volqué en cuatro columnas virulentas en las que les dije adormecidos, manipulables, abobados, y así. Encima los desafié proponiéndoles cosas que pensé que jamás iban a hacer, como exigirle al Sodalitium la relación de todos los militantes que transitaron por las casas de formación de San Bartolo. Simplemente, no les creí. Ni les tuve fe. Todo el tiempo dudé de su chamba, abjuré y sospeché de ellos. Es decir, me sentí decepcionado antes de verlos actuar, como un prejuicioso atávico.

Llegué a especular que se iban a limitar a buscar algunos casos individuales e iban a ser incapaces de apreciar el problema de fondo, que no eran los abusos sexuales, sino el pérfido sistema diseñado por Figari para propiciar la anulación de la voluntad de los militantes de la organización, y, de esa manera, esclavizarlos.

Más todavía. Los reté a que propongan una razzia en toda regla, expectorando a los indeseables, porque sus actuales dirigentes “están formateados y siguen con muchos chips figarianos incrustados en sus molleras”.

Les solté, asimismo, que su conformación me parecía una broma, una tomadura de pelo. Que los habían reclutado para aprovecharse de su reputación para hacer el papel de tontos útiles, mientras que el Consejo Superior ganaba aire y tiempo para llevar a cabo sus estrategias de control de daños.

Porque cuando escribí todo esto, estaba convencido de que la denominada Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación iba a ser “gatopardismo” puro y duro, y apenas iba a lograr algunas recomendaciones tímidas y cosméticas para que, al final, nada cambie.

Y qué creen. Me equivoqué de cabo a rabo. Todas las cosas que dije terminaron siendo infundios, juicios arbitrarios y absurdos, sin ningún fundamento. Pronósticos falsos. Presagios imaginarios.

 Así las cosas, no me queda sino disculparme públicamente en estas líneas con Manuel Sánchez-Palacios, monseñor Carlos García, Rosario Fernández, Maita García Trovato, Miguel Humberto Aguirre, y con la Secretaría Técnica. Mil perdones por no confiar en ustedes, por no darles crédito. Lo lamento mucho, de verdad. Y es que jamás imaginé que su informe iba a ser tan crudo y contundente. Y, sobre todo, demoledor.

 El solo hecho de que el Informe no le haya gustado un pelín a Sandro Moroni ni a Jaime Baertl significa la confirmación del buen trabajo realizado por ustedes. Por ello, me quito el sombrero y me retracto de todas las tonterías que regurgité. De todas.

 Hoy no voy a desmenuzar las grandes verdades que ahí se dicen, sino expresar la emoción que me suscitó leer el Informe en cada uno de sus acápites. Confieso que me conmoví, y mucho, al recorrer con mis ojos húmedos todo lo que ahí se decía, pues validaba cada una de las cosas que habíamos plasmado en la investigación que me tocó hacer con mi amiga y colega Paola Ugaz durante cinco largos años, asumiendo costos emocionales, personales y económicos muy altos.

 Jamás soñamos con esto. En serio. Y ello nos satisface hondamente, pues las víctimas del Sodalicio sintieron, por un instante, que fueron reivindicadas. No sé cuántas horas pasaron entre que repasé el documento y comenzaron las llamadas de todas aquellas personas que, gracias a que rompieron su silencio, hicieron la diferencia y marcaron un hito en este amodorrado país que rara vez reacciona activamente frente a la injusticia y el abuso de poder.

 Solo recuerdo que todo empezó al mediodía del sábado 16 de abril y no paré de recibir comentarios eufóricos y sobrecogidos hasta entrada la noche. Ese día, resumiendo, corroboré lo que Pao ya había expresado en alguna ocasión: “A veces, el periodismo hace justicia”. Y esa parte de esta historia ha sido gratificante para Paola y para mí, pues el Informe ha sido un espaldarazo para Mitad monjes, mitad soldados.

 Finalmente, en lo personal, como sobreviviente del Sodalitium, me sentí reconfortado, pues nuestra lucha, en la que participamos muchísimos exsodálites, no fue en vano. Por eso no me cansaré de agradecer a los integrantes de la Comisión de Ética. Por demostrar en los hechos que su prioridad fue siempre la búsqueda de la verdad y ponerse al servicio de ella. Pues eso.

TOMADO DE LA REPÚBLICA, 24 DE ABRIL DEL 2016