Pues eso. Que a Pao Ugaz y a mí nos está pasando un poquito lo que le pasó a los periodistas de Spotlight,  la unidad de investigación de The Boston Globe  que destapó la fábrica de pederastia clerical que anidó en la ciudad de Boston y fue tapada, ocultada y arrebozada por el cardenal Bernard Law, actualmente jubilado y viviendo cómodamente a expensas del Vaticano, el cual le brindó inmunidad diplomática luego de su renuncia debido a la presión de la sociedad bostoniana, de los medios de comunicación y de las pesquisas de la justicia norteamericana que cada vez se iba acercando a sus talones.

En nuestro caso, les cuento, por lo menos un par de personas toma contacto con nosotros diariamente desde que en octubre del año pasado lanzamos la investigación Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2015). Y nada. Ahí seguimos. Respondiendo los teléfonos. Atendiendo los correos. Y siempre atentos a las comunicaciones vía Skype o vía WhatsApp o vía Twitter o vía el inbox del Facebook.

Se trata de personas que han leído la publicación y quieren que escuchemos sus casos. Algunos de los que llaman o contactan con nosotros son nuevas víctimas. Que sienten que el tránsito por el Sodalicio les ha infringido daño psicológico debido a los maltratos físicos y al bullying cruel propiciado por el fundador de esta controvertida institución, Luis Fernando Figari, y que fue aplicado sin conmiseración y a rajatabla por sus denominados “líderes espirituales” cuando ejercieron los cargos de superiores, formadores o directores espirituales, entre otros.

Otros son nuevas víctimas sexuales, ya no de Figari sino de nuevos sodálites que no aparecen en Mitad monjes, mitad soldados. Otros son testimonios que están en el libro, pero que quieren compartir otras cosas que, en su momento, no se atrevieron a contar.

En otros casos, de los cuales se sospecha su inclinación hacia la pederastia y que no han hablado con nosotros porque son escurridizos como un jabón, da la impresión de que, luego de haber sido abusados por Figari o por Germán Doig, se convirtieron en victimarios, en una suerte de replicantes de un modus operandi que aprovechaba retorcidamente la confianza depositada por el menor de edad que ingresaba al Sodalicio con intenciones puras e idealistas.

Pues estamos hablando de jóvenes que se acercan al Sodalicio con ganas de hacer la diferencia para convertirse en agentes de cambio.Y que se aproximan a este tipo de organizaciones católicas “con más inquietud que el común de los jóvenes de hoy día, y que aspiran a una vida heroica y ejemplar que pueda cambiar el mundo en el que viven”, como anotó en una generosa carta que nos envió Mario Vargas Llosa luego de leer Mitad monjes, mitad soldados.

Bueno. Juan Fernando Uribe Alzate es uno de estos testimonios. Juan Fernando, a quien suelen llamar ‘Nano’, es colombiano, de Medellín. Es ‘paisa’, o sea. Y estuvo vinculado al Sodalicio entre los años 1992 y 2001. Nano está preparando una denuncia formal contra el Sodalicio de Vida Cristiana ante la Arquidiócesis de Medellín. Todavía no la ha terminado, pues como a la mayoría de testimonios que han pasado por ese trance, le resulta muy doloroso recordar y volver a traer al presente los métodos de “formación integral” que padeció por sus superiores y directores espirituales y formadores, y que dejan secuelas en la psique y en el corazón.

Uno de los aspectos con los que inicia su balance es la forma como fue desarticulada su familia. “Los sodálites echaban toda la culpa de tu infelicidad a tu familia con la intención de llenar ese lugar de tus padres y así generar un vínculo afectivo, de dependencia con ellos. Ellos se convertían en tus nuevos papás. En mi caso, que venía de una situación familiar muy complicada, no les fue difícil. Mi madre era alcohólica y mi padre muy ausente”.

De propiciar este trabajo gradual de manipulación con el propósito de alejarlo de su familia responsabiliza a dos sodálites en actividad: Enrique Elías, entonces superior de la comunidad de Medellín y actual prefecto del Sodalicio en Roma, y al sacerdote Juan Carlos “Chally” Rivva, quien en la época que describe Nano estaba a cargo de la parroquia El Divino Maestro en Medellín.

“Me instaban (Elías y el cura Rivva) a despreciar a mis padres, a desobedecerles, a rebelarme contra ellos”, dice.

Nano, como muchos de los que se acercan demasiado al Sodalicio, una vez que ingresa formalmente a la institución y le toca vivir en una comunidad, describe lo que se vive ahí dentro. Nadie podía referirse a la casa en la que habían vivido con su familia como ‘suya’. Esa casa, de acuerdo a los estándares mentales sodálites, era “la casa de sus padres”. Porque una vez dentro de una comunidad sodálite, la casa y la familia de uno es la comunidad en la que le toca vivir.

“Definitivamente, en mí construyeron una imagen pésima de mis padres que aun no termino de superar porque fue grabada a sangre y fuego”, explica, volviendo al tema del inicio. “Se burlaron de mi madre porque era alcohólica y de mi padre porque, según ellos, era un incapaz, un cagado”.

El relato, como verán quienes han leído Mitad monjes, mitad soldados, no varía mucho del resto de exsodálites que han transitado por el Sodalicio en los años setenta, o en los ochenta, o en los noventa, o en los dos mil. Es casi exacto. Y lo es porque la destrucción de las figuras paternas y maternas era una política sistemática e institucional. Era parte de ‘la formación’, digamos. Particularmente, el hecho de aniquilar y destrozar y destripar y humillar al padre. Este era, sin duda, uno de los principales objetivos de los superiores.

La idea que burbujeaba en el fondo básicamente consistía en terminar odiando a los progenitores, y verlos como eso: progenitores biológicos, y punto. Pues los padres sustitutos, que terminaban siendo los de verdad, se encontraban en el Sodalicio.

Esto puedo subrayarlo en todos sus extremos, pues en la investigación que escribí con Pao yo mismo expongo mi testimonio sobre cómo Figari logró su objetivo conmigo, y terminé odiando a mi padre, hasta poco antes de su muerte.

“Eso pasó conmigo y con muchísimos más que vivieron la misma experiencia. No importaba si había mentiras, exageraciones, insultos.  Fue tanto el abuso que, todavía diecisiete años después, existen secuelas y heridas abiertas que no he podido superar, por lo que le pido a dios que me dé el tiempo de reparar”, expresa Nano.

Y termina esta remembranza dolorosa con expresiones de congoja. “Perdón, papá. Perdón, mamá. Nunca debí alejarme de ustedes. Mientras, los que nos alejaron aun no reparan el daño que nos hicieron”.

Con toda razón y justicia, el exsodálite Nano Uribe considera que sus padres también fueron víctimas del Sodalicio de Vida Cristiana.