Lo siento, pero todo –o casi todo- es una gran mentira. Me refiero al Sodalicio y a las cosas que se siguen descubriendo de aquella institución, y que, debido a la coyuntura electoral, están pasando piola y desapercibidas, gracias a las bendiciones del dios sodálite, por cierto.

Pero como acá, en este blog, somos un poquito tercos al igual que el portal que nos alberga y también algo tozudos en plan vascos navarros, pues seguimos con el retintín. A riesgo de parecer obsesivos (aunque, vamos, no pretendemos engañar a nadie: con este tema, efectivamente, somos obsesivos, porque da rabia ver que muy pocos se lo toman en serio cuando la cosa es bien grave). No sé si está bien. Pero a ver. Si Paola Ugaz y este servidor no estamos jalando de la pitita todo el rato, corremos el riesgo de que el tópico escandaloso se olvide, como suele olvidarse todo en este país. Porque eso es muy nuestro. Olvidarnos de las cosas. No hacer nada para que las cosas cambien. No tomar posición. Ser indolentes ante la injusticia. Despreciar la cultura cívica. Evitar los temas incómodos. Aferrarnos al orden establecido. Someternos a la apatía y el miedo.

 

DANIEL CARDÓ

Como sea. Lo cierto es que hay días, como hoy, que este post me lo dan hecho. Y es que hace varias lunas me ocupé del cura sodálite Daniel Cardó, hijo del exministro de Belaunde, Andrés Cardó Franco, quien solía defender al Sodalicio en el pasado.

Lo hice aquí, en Lavozatidebida. La reacción fue un cierrafilas en torno a la figura del curita de Figari. Su tío, el jesuita Carlos Cardó Franco, me buscó para preguntarme sobre lo que sabía acerca de su sobrino. Le dije lo que ya había escrito acá. Que Daniel Cardó había participado animosamente en maltratos y vejaciones físicas y psicológicas contra un colombiano: Andrés Felipe Cardona (“Adriano”, en Mitad monjes, mitad soldados), quien ratificó varias veces todo lo expuesto en el post que les menciono.

Me sorprendió la respuesta del tío jesuita. “Ah, pero estamos hablando de delitos menores, de faltas leves”, como si los tics matonescos y despiadados de su sobrino no respondieran al mismo combo del abuso de poder inculcado e insuflado por el propio Luis Fernando Figari a su organización y a sus formadores y superiores.

Más curioso y desconcertante fue un texto apologético, de un NN, aparecido en las páginas de La República, que rezaba: “Lo publicado no corresponde a los hechos que se indican. El sacerdote Cardó es un respetado y reconocido religioso que ha trabajado en nuestro país con los sectores menos favorecidos. Incluso cumplió su labor sacerdotal en los barrios marginales del Callao, en donde se convirtió en una persona muy estimada por la comunidad. Cardó ha prestado también sus servicios sacerdotales en Colombia con los desplazados por las guerrillas, en momentos difíciles para ese país. En este lugar logró igualmente el reconocimiento de la sociedad colombiana”.

Bueno. Un exsodálite, que no es Andrés Felipe Cardona, le escribió hace unos días a Paola Ugaz y le contó que había vivido en la misma comunidad sodálite de Cardó, ubicada en el oriente antioqueño, cuando Daniel Cardó era el superior/encargado. Textualmente le dice a Pao: “El sacerdote Daniel Cardó durante la etapa en la que viví en esa comunidad, NUNCA hizo un trabajo con ‘desplazados de la guerrilla’ (…) Había sí un trabajo pastoral con algunos grupos en los municipios cercanos, pero de ello estaban directamente encargados los aspirantes que se formaban allí (…) Cardó, muy pocas veces, casi contadas, salía de esa comunidad a hacer trabajo pastoral directo y el trabajo se lo encargaba a los aspirantes a su cargo. Si bien nos enterábamos de algunos casos de guerrilleros que vivían ‘por ahí’, o del cobro de cupos, NUNCA se trabajó con desplazados de la guerrilla”.

También sostiene este exsodálite -que no es ninguno de los testimonios que se recogen en Mitad monjes, mitad soldados- que fue testigo de “abusos de autoridad y maltratos por parte del ahora sacerdote”. En su correo electrónico menciona un feroz ensañamiento contra un sodálite (que tampoco es Andrés Cardona) que padeció los castigos del cura matón. Asimismo apunta que no recuerda que Cardó haya vivido en la comunidad del Callao y que no se le conoce trabajo con personas pobres de dicho lugar. Que solo iba al Callao cuando tenía que dirigirse hacia el aeropuerto. Y cosas por el estilo.

Lo que me choca un poco es que ahora se les ha dado a los sodálites que han sido formadores o superiores escribir emails pidiendo perdón, como si fuesen incapaces de darse cuenta de que hay daños psicológicos que no se borran pidiendo disculpas. Porque encima te quieren hacer creer que el perdón debe conducir a la resignación y al olvido. Y que eso es lo cristiano. Y eso es lo que pide el papa. Y eso es lo que se lee en la encíclica Sandexis Coxudorem, o qué sé yo.

 

ALFREDO DRAXL

“Cochero de Drácula”. Recuerdo que ese era el apodo del Alfredo Draxl que conocí. Una persona buena y algo, o bastante, nerd, que mostraba sus dientes delanteros enormes cada vez que celebraba una broma que se le hacía a él, lorneándolo.

Por eso me sorprendió mucho cuando José Enrique Escardó lo describió como un personaje despiadado en sus primeras columnas del año 2000 en la revista Gente. Porque sus evocaciones sobre Draxl eran muy  diferentes a las mías. Pero claro. Tampoco es que me parecieran falsas ni caprichosas, porque, vamos, ya les he dicho varias veces que el arriba firmante conoció bastante bien al personal. Y bueno. Sí podía imaginarme con un pequeño esfuerzo a “Cochero de Drácula” perpetrando las atrocidades que relató Escardó hace dieciséis años y que ahora acaba de volver a traer al presente en su blog El quinto pie del gato, con más detalles que aquella primera vez.

“Recuerdo a Alfredo Draxl como un ente pálido (…), de mirada gélida y sonrisa vampírica (…) Draxl era tan cálido como el hielo seco (…) Su sonrisa cuando golpeaba no se escondía”. Y en esta ocasión, Escardó, maltratado y tildado como “loco” durante años por la fauna allegada al Sodalicio, hoy se toma más espacio en su blog para rememorar las barbaridades de su antiguo formador, quien todo el tiempo y sin pausa trató de quebrarlo, doblegarlo, destruir su autoestima, y reventarlo a punta de golpes y tratos vejatorios atentatorios contra sus derechos fundamentales, hasta que lo consiguió. Y lo consiguió con el pretexto sodálite clásico de que todo eso se hacía para “ayudar al hermano tal en su combate contra el ‘hombre viejo’”, y porque esa era la manera de “enfrentar los traumas y complejos de las personas”.

“Pasaron muchas cosas”, relata Escardó en su blog. “Algunas casi ni las recuerdo, otras no sé si me pasaron a mí o a otros (…) Yo quería ser un sodálite de comunidad. Quería que Luis Fernando me aceptara. Quería cambiar el mundo. Quería ser santo. Quería ser un signo de contradicción”, escribe. Y yo, que fui parte de la misma colegada de fanáticos religiosos, podría suscribir cada línea y cada coma y cada acento de las reflexiones personales de José Enrique. Porque ese era el sentimiento de muchos de los que fuimos reclutados desde la edad escolar.

Pero volviendo a Draxl. Alfredo fue hasta hace muy poco el director del colegio sodálite San Pedro. Ahora lo han reemplazado. Se especula que su cambio ha sido estratégico y tiene que ver con el temor de los jerarcas del Sodalicio de perder más clientela en sus negocios debido a los escándalos descubiertos.

Y ya adivinarán. Figúrense por un segundo que ustedes tuviesen a sus hijos hombres en el mencionado colegio, y de pronto se enteran que esta institución educativa es dirigida por el crápula que le puso una cuchilla suiza a lo largo del cuello a José Enrique Escardó o que le hizo meter la cabeza en un wáter sucio y maloliente, y tantas bestialidades más.Y que realizó estos actos de sadismo no solo con él, inferirán, sino con muchos otros, con el propósito de “formarlos” y “educarlos en la obediencia”. ¿Qué harían ustedes, repito, al enterarse de que el director del colegio de sus hijos es Alfredo Draxl?

A mí no me miren, pues a mí jamás se me ocurrió poner a mis hijos en colegios sodálites.

 

ENRIQUE ELÍAS DUPUY

Otro de los hechos que me tocó constatar con tristeza fue la conversión de Enrique Elías en un personaje inescrupuloso y energúmeno. A Enrique lo recuerdo de cuando estaba en el colegio y formaba parte del grupo de mi hermano menor. A este grupo de sodálites imberbes se les conocía como sodálites mariae. Y se llamaban así porque eran sodálites colegiales, una figura inusual en el Sodalicio de los ochenta. Porque eran como únicos en su especie. Además de mi hermano y Elías, también integraban esta camarilla Javier Chichizola, Alfonso Figueroa, Jaime Bellido y Kay Schmalhaussen (actual obispo de Ayaviri, Puno).

Enrique siempre irradiaba cierta paz y hablaba con una ligera ronquera, pero era como una ‘ronquera zen’, si cabe. No sé si me explico, o si me dejo entender. Habría apostado que su futuro era el sacerdocio y no terminar como un profeso laico (actualmente, por si acaso, es el procurador del Sodalicio en Roma).

Y nada. Miren cómo son las cosas. Jamás habría imaginado que Enrique también se convertiría en otro sodálite pegalón y abusador. Y bastante bárbaro e intolerante y retorcido, si me apuran.

En la investigación que hicimos en tándem con Paola Ugaz, Enrique Elías está detrás de las siglas ‘EE’. Los detalles de las torturas que infringía a los sodálites cuando este era superior se describen crudamente en los testimonios de ‘Mateo’ y ‘Pablo’.

 

ALESSANDRO MORONI

Y como no quisiera dejar nada en el tintero, la biografía del sodálite sicomatón que más me apena es la de Sandro Moroni, el superior general del Sodalicio.

Al momento de hacer la investigación, nos topamos con algunas víctimas de Moroni. En ese momento eran pocas. Y yo, ingenuamente, pensé que no habrían más, porque Sandro fue uno de mis mejores amigos en el Sodalitium, y supuse, cojudamente y esperanzado, que el buen corazón de Moroni no se contaminaría. Qué va. Me equivoqué de cabo a rabo. Testimonios posteriores a la publicación del libro nos señalan la brutalidad en la que también habría incurrido el actual número uno de la institución que fundara Luis Fernando Figari en 1971.

Es como si nadie se salvara en la jerarquía máxima del Sodalicio. En la cúpula, es decir. Es como si todos tuvieran rabo de paja. Y quizás ello explicaría aquella actitud institucional que vemos hoy por hoy y trata de finiquitar la cosa en Figari, y punto final, y a otra cosa, mariposa.

Pero no. Todo indica que Figari no actuó solo. Que tuvo encubridores. Y que si bien no todos en la cúpula habrían sido depredadores sexuales, sí hay un buen grupo –o la mayoría- que habría participado en abusos de poder y de maltrato psicológico y físico que calificarían como violaciones a los derechos humanos y vejaciones que calzan como torturas, y así.

El caso es que aquí estamos, haciendo recuentos de tropelías y excesos cometidos a lo largo de la historia de una institución religiosa y católica, supuestamente respetable, pero que jamás lo fue. Pues escondía prácticas que lindan con el crimen y el delito. Desde violaciones a la correspondencia y a la intimidad hasta lavado de cerebros, secuestros mentales, abusos psicológicos, torturas físicas y, en no pocos casos, abusos sexuales. Y a ver si esto le queda claro hasta a los ciegos que no quieren ver. El abuso de poder encerraba en un mismo combo todo esto. Una cosa te llevaba a la otra. Así funcionaba el “sistema sodálite de formación”.

Por eso, cuando el jesuita Cardó Franco trata de minimizar la violencia de su sobrino y se queda tan campante, moviendo la cabeza como diciendo “no jodas, pues, no es para tanto”, qué quieren que les diga, uno no puede dejar de decirse para adentro: “¡Por dios! Hay cada cabrón estrecho de miras que no es capaz de enfrentar el daño que supone pasar por agua tibia los componentes de un esquema y de una organización marcada por la corrupción y la salvajada y la amoralidad y la canallada y la ignominia y la sinvergüencería”. Digo.